Maquillaje y Peinado de Novia

Este blog ha sido inspirado por algunas de las mujeres, ya sean novias o alumnas de talleres de automaquillaje, con las que trato en el estudio, que me hacen comentarios como: “el maquillador que me atendió en mi boda dijo que no me hacía un ahumado y ahora, cada vez que miro las fotos, me arrepiento”; “en la peluquería me dijeron que una novia sin recogido no era una novia y no me quisieron dejar el pelo suelto”; “a mi me gusta el labio rojo y siempre lo llevo pero no sé si es apropiado para una novia”.

Ni siquiera tengo muy claro cómo abordar este tema sin resultar pedante o irrespetuosa.

En un mundo ideal, la gente debería obrar de acuerdo a sus principios. Vamos, que debería ser consecuente.

Si en lugar de generalizar y hablar de “la gente”, concepto que, por otra parte, me horroriza, hablásemos de profesionales, o sea, personas que ejercen una actividad de la cual viven (aunque esto último es solo para recalcar que los que nos dedicamos a la belleza no estamos jugando a la Srta. Pepis) tal vez habría que incorporar a esa aptitud, la consecuencia digo, un poquito de empatía y amplitud de miras.

¿Quién ha dicho que una novia sin moño no es una novia? ¿De dónde parte la idea de que unos labios rojos no son adecuados? o, en definitiva, ¿por qué se estereotipa tanto la figura de la novia?

Parece ser que a ella, todo el mundo le dice cómo debiera ir vestida, maquillada, peinada y hasta perfumada. No solo tiene que lidiar con las opiniones de sus familiares y amigos, sino que también se ve irremediablemente influenciada, ya no por el asesoramiento o el consejo de un profesional, sino por la imposición de criterios obsoletos. ¿Qué sentido tiene esto actualmente?

En ocasiones, influidas por la potente imagen o desenvoltura de un dependiente, maquillador o peluquero, que da la impresión de saber sobradamente lo que se hace y no da opción, la novia cae en una especie de red de la que no quiere o no puede escapar. Por eso es tan importante preguntarse ¿qué hay de lo que ella desea?

Por favor, tengamos esto en cuenta y no seamos tan categóricos. Ayudemos a la novia y no la convenzamos de cosas de las que tenga que arrepentirse en el futuro, que tampoco se trata de hacerle un ahumado tipo Alaska. Cooperemos con ella y, sí, démosle nuestra opinión profesional. Hagamos que, esa opinión, sea valiosa, respetuosa y respetada. Tenida en cuenta pero no impuesta. Al fin y al cabo, siempre hay término medio, ¿no?

Si eres un profesional o una novia y te sientes, de algún modo, identificado (o no), déjame un comentario.



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